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Visión de baluarte
 

Autor:




Hans Christian
Andersen
   
   
Es otoño. Estamos en lo
alto del baluarte contemplando el mar, surcado por
numerosos barcos, y, a lo lejos, la costa sueca, que se
destaca, altiva, a la luz del sol poniente. A nuestra
espalda desciende, abrupto, el bosque, y nos rodean
árboles magníficos, cuyo amarillo follaje va
desprendiéndose de las ramas. Al fondo hay casas
lóbregas, con empalizadas, y en el interior, donde el
centinela efectúa su monótono paseo, todo es angosto y
tétrico; pero más tenebroso es todavía del otro lado de
la enrejada cárcel, donde se hallan los presidiarios,
los delincuentes peores.



Un rayo del sol poniente entra en la desnuda celda, pues
el sol brilla sobre los buenos y los malos. El preso,
hosco y rudo, dirige una mirada de odio al tibio rayo.
Un pajarillo vuela hasta la reja. El pájaro canta para
los buenos y los malos. Su canto es un breve trino, pero
el pájaro se queda allí, agitando las alas. Se arranca
una pluma y se esponja las del cuello; y el mal hombre
encadenado lo mira. Una expresión más dulce se dibuja en
su hosca cara; un pensamiento que él mismo no comprende
claramente, brota en su pecho; un pensamiento que tiene
algo de común con el rayo de sol que entra por la reja,
y con las violetas que tan abundantes crecen allá fuera
en primavera. Luego resuena el cuerno de los cazadores,
melódicos y vigorosos. El pájaro se asusta y se echa a
volar, alejándose de la reja del preso; el rayo de sol
desaparece, y vuelve a reinar la oscuridad en la celda,
la oscuridad en el corazón de aquel hombre malo; pero el
sol ha brillado, y el pájaro ha cantado.



¡Segan resonando, hermosos toques del cuerno de caza! El
atardecer es apacible, el mar está en calma, terso como
un espejo.



La aguja de zurcir



Érase una vez una aguja de zurcir tan fina y puntiaguda,
que se creía ser una aguja de coser.



-Fíjense en lo que hacen y manéjenme con cuidado -decía
a los dedos que la manejaban-. No me dejen caer, que si
voy al suelo, las pasarán negras para encontrarme. ¡Soy
tan fina!



-¡Vamos, vamos, que no hay para tanto! -dijeron los
dedos sujetándola por el cuerpo.



-Miren, aquí llego yo con mi séquito -prosiguió la
aguja, arrastrando tras sí una larga hebra, pero sin
nudo.



Los dedos apuntaron la aguja a la zapatilla de la
cocinera; el cuero de la parte superior había reventado
y se disponían a coserlo.



-¡Qué trabajo más ordinario! -exclamó la aguja-. No es
para mí. ¡Me rompo, me rompo!



Y se rompió



-¿No os lo dije? -suspiró la víctima-. ¡Soy demasiado
fina!



-Ya no sirve para nada -pensaron los dedos; pero
hubieron de seguir sujetándola, mientras la cocinera le
aplicaba una gota de lacre y luego era clavada en la
pechera de la blusa.



-¡Toma! ¡Ahora soy un prendedor! -dijo la vanidosa-.
Bien sabía yo que con el tiempo haría carrera. Cuando
una vale, un día u otro se lo reconocen.



Y se río para sus adentros, pues por fuera es muy
difícil ver cuándo se ríe una aguja de zurcir. Y se
quedó allí tan orgullosa cómo si fuese en coche, y
paseaba la mirada a su alrededor.



-¿Puedo tomarme la libertad de preguntarle, con el
debido respeto, si acaso es usted de oro? -inquirió el
alfiler, vecino suyo-. Tiene usted un porte majestuoso,
y cabeza propia, aunque pequeña. Debe procurar crecer,
pues no siempre se pueden poner gotas de lacre en el
cabo.



Al oír esto, la aguja se irguió con tanto orgullo, que
se soltó de la tela y cayó en el vertedero, en el que la
cocinera estaba lavando.



-Ahora me voy de viaje -dijo la aguja-. ¡Con tal que no
me pierda!



Pero es el caso que se perdió.



«Este mundo no está hecho para mí -pensó, ya en el
arroyo de la calle-. Soy demasiado fina. Pero tengo
conciencia de mi valer, y esto siempre es una pequeña
satisfacción». Y mantuvo su actitud, sin perder el buen
humor.



Por encima de ella pasaban flotando toda clase de
objetos: virutas, pajas y pedazos de periódico. «¡Cómo
navegan! -decía la aguja-. ¡Poco se imaginan lo que hay
en el fondo! Yo estoy en el fondo y aquí sigo clavada.
¡Toma!, ahora pasa una viruta que no piensa en nada del
mundo como no sea en una "viruta", o sea, en ella misma;
y ahora viene una paja: ¡qué manera de revolcarse y de
girar! No pienses tanto en ti, que darás contra una
piedra. ¡Y ahora un trozo de periódico! Nadie se acuerda
de lo que pone, y, no obstante, ¡cómo se ahueca! Yo, en
cambio, me estoy aquí paciente y quieta; sé lo que soy y
seguiré siéndolo…».



Un día fue a parar a su lado un objeto que brillaba
tanto, que la aguja pensó que tal vez sería un diamante;
pero en realidad era un casco de botella. Y como
brillaba, la aguja se dirigió a él, presentándose como
alfiler de pecho.



-¿Usted debe ser un diamante, verdad?



-Bueno… sí, algo por el estilo.



Y los dos quedaron convencidos de que eran joyas
excepcionales, y se enzarzaron en una conversación
acerca de lo presuntuosa que es la gente.



-¿Sabes? yo viví en el estuche de una señorita -dijo la
aguja de zurcir-; era cocinera; tenía cinco dedos en
cada mano, pero nunca he visto nada tan engreído como
aquellos cinco dedos; y, sin embargo, toda su misión
consistía en sostenerme, sacarme del estuche y volverme
a meter en él.



-¿Brillaban acaso? -preguntó el casco de botella.



-¿Brillar? -exclamó la aguja-. No; pero a orgullosos
nadie los ganaba. Eran cinco hermanos, todos dedos de
nacimiento. Iban siempre juntos, la mar de tiesos uno al
lado del otro, a pesar de que ninguno era de la misma
longitud. El de más afuera, se llamaba «Pulgar», era
corto y gordo, estaba separado de la mano, y como sólo
tenía una articulación en el dorso, sólo podía hacer una
inclinación; pero afirmaba que si a un hombre se lo
cortaban, quedaba inútil para el servicio militar. Luego
venía el «Lameollas», que se metía en lo dulce y en lo
amargo, señalaba el sol y la luna y era el que apretaba
la pluma cuando escribían. El «Larguirucho» se miraba a
los demás desde lo alto; el «Borde dorado» se paseaba
con un aro de oro alrededor del cuerpo, y el menudo
«Meñique» no hacía nada, de lo cual estaba muy ufano.
Todo era jactarse y vanagloriarse. Por eso fui yo a dar
en el vertedero.



-Ahora estamos aquí, brillando -dijo el casco de
botella. En el mismo momento llegó más agua al arroyo,
lo desbordó y se llevó el casco.



-¡Vamos! A éste lo han despachado -dijo la aguja-. Yo me
quedo, soy demasiado fina, pero esto es mi orgullo, y
vale la pena.



Y permaneció altiva, sumida en sus pensamientos.



-De tan fina que soy, casi creería que nací de un rayo
de sol. Tengo la impresión de que el sol me busca
siempre debajo del agua. Soy tan sutil, que ni mi padre
me encuentra. Si no se me hubiese roto el ojo, creo que
lloraría; pero no, no es distinguido llorar.



Un día se presentaron varios pilluelos y se pusieron a
rebuscar en el arroyo, en pos de clavos viejos, perras
chicas y otras cosas por el estilo. Era una ocupación
muy sucia, pero ellos se divertían de lo lindo.



-¡Ay! -exclamó uno; se había pinchado con la aguja de
zurcir-. ¡Esta marrana!



-¡Yo no soy ninguna marrana, sino una señorita!
-protestó la aguja; pero nadie la oyó. El lacre se había
desprendido, y el metal estaba ennegrecido; pero el
negro hace más esbelto, por lo que la aguja se creyó aún
más fina que antes.



-¡Ahí viene flotando una cáscara de huevo! -gritaron los
chiquillos, y clavaron en ella la aguja.



-Negra sobre fondo blanco -observó ésta-. ¡Qué bien me
sienta! Soy bien visible. ¡Con tal que no me maree, ni
vomite!



Pero no se mareó ni vomitó.



-Es una gran cosa contra el mareo tener estómago de
acero. En esto sí que estoy por encima del vulgo. Me
siento como si nada. Cuánto más fina es una, más
resiste.



-¡Crac! -exclamó la cáscara, al sentirse aplastada por
la rueda de un carro.



-¡Uf, cómo pesa! -añadió la aguja-. Ahora sí que me
mareo. ¡Me rompo, me rompo!



Pero no se rompió, pese a haber sido atropellada por un
carro. Quedó en el suelo, y, lo que es por mí, puede
seguir allí muchos años
 



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